jueves, 7 de mayo de 2009

Temor y desconfianza en tiempos de influenza

Versión en español del artículo publicado por el periodista nicaragüense Guillermo Fernández Ampié en la página web Havana Times donde se publican artículos en inglés de Cuba al mundo. Para acceder a la versión en inglés del artículo puede consultarse el siguiente enlace Mexico: Fear, Doubt over Swine Flu. Prometo no dedicar mucho más tiempo a esta burbuja mediática de la influenza pero no quería dejar de difundir ciertas reflexiones sobre el tema realizadas con cierta perspectiva temporal pues considero que pueden aportar ideas para entender qué es lo que ha estado sucediendo en México en los últimos días.



Temor y desconfianza en tiempos de influenza

Guillermo Fernández Ampié
gfdez@guegue.com.ni


Tras haberse cumplido diez días de que el gobierno mexicano decretó medidas extraordinarias –suspensión de clases en todos los niveles del sistema educativo y de todas las actividades como juegos de futbol, actividades recreativas y otros eventos públicos que implicaran la conglomeración de personas, así como cierre de restaurantes, comiderías y similares-, para tratar de impedir el contagio generalizado del nuevo tipo de influenza, una cosa ha sido constante y se mantiene firme: el temor y la desconfianza de la población frente a las afirmaciones de las autoridades. Es un escepticismo lógico en el que influyen varios factores. Uno de ellos, sin dudas, es el hecho de que a dos años de estar en funciones el actual gobierno aún no termina de ganar legitimidad entre todos sus connacionales. En realidad no son pocos los mexicanos aún hoy en día dicen no estar convencidos de que las cifras ofrecidas por el Instituto Federal Electoral en el 2006, dando la victoria al actual presidente Calderón, hayan sido las verdaderas. Esa sombra no se ha desvanecido, y se mantiene como una gran interrogante ante todo acto o decisión gubernamental.

Otro factor que contribuyó a crear la incertidumbre, quizás el principal, fue la forma en que los propios funcionarios anunciaron la contingencia. Pocas horas antes de que fuera declarada la emergencia sanitaria algunos funcionaros habían afirmado que todo estaba bajo control y que no había de qué preocuparse. Un cambio tan repentino no dejaba de ser sospechoso, y eso dio lugar a todo tipo de rumores. A partir de entonces comenzaron a circular correos electrónicos, videos, y se hicieron insistentes las llamadas telefónicas. Las interrogantes que se hacían eran similares: ¿tú le crees al gobierno?, ¿qué crees que está pasando en realidad?, ¿acatarás las decisiones? El consenso final era que, independiente de las dudas que uno tuviera, había que seguir las recomendaciones, “por si acaso”, es mejor prevenir que lamentar. La danza de cifras que un día anunciaban un número determinados de muertos y al siguiente otra inferior tampoco contribuyó a generar confianza en las versiones oficiales.

Otra interrogante frecuente estos días ha sido ¿dónde acudir en caso de sentir algunos de los síntomas? Entre las recomendaciones oficiales estaban no automedicarse y recurrir al médico, pero esto también podría provocar, y de hecho provocó, aglomeración de personas que se sentían enfermas en lugares que podrían ser focos de infección y propagación de la influenza, como eran los propios hospitales. Por fortuna poco después las autoridades decidieron instalar clínicas móviles, cien en total, en distintos puntos de la ciudad, en donde se realizaría un primer diagnóstico. Esto evitó que más personas se presentaran en los hospitales y clínicas. Aunque acertada, la medida no deja de tener sus propias limitaciones. En este aspecto, un sistema de salud como el cubano podría enseñar mucho a sus contrapartes latinoamericanas. ¡Qué útil y eficiente habría sido contar con un pequeño puesto de salud por lo menos con un médico en la cuadra, en la manzana o por lo menos en la colonia o el barrio! La expresión en realidad no es mía, es un comentario que también ha circulado con frecuencia estos días.

La emergencia también ha servido para exponer las debilidades del sistema de salud pública mexicano y de su industria farmacéutica, afectadas por el afán privatizador del las élites en el poder en México se contagiaron hace ya varios sexenios. Un periodista del diario La Jornada recordó cómo durante el gobierno de Vicente Fox se desmanteló una empresa paraestatal fabricante de vacunas, reactivos de diagnósticos, sueros y otros productos especializados para surtir a los centros de salud mexicanos. La liquidación de esa empresa se habría realizado para favorecer a una transnacional europea. El periodista recordó también que el predecesor de Fox, Ernesto Zedillo, ahora alto ejecutivo de algunas instituciones y empresas estadounidenses, desarticuló los institutos Nacional de Higiene y Nacional de Virología, dedicados a investigaciones científicas sobre cepas virales y a la elaboración de vacunas. Ante esos hechos cobra todo sentido la duda y la incredulidad. ¿Cómo confiar en un gobierno, en un Estado cuyas principales acciones no son para proteger y beneficiar a las personas, al público, a sus ciudadanos, sino para privilegiar y defender los intereses del gran capital internacional, de las corporaciones transnacionales? Hacerlo iría contra el sentido común.

Según otra información, hace poco más de diez años en México se fabricaban doce vacunas de las más conocidas y utilizadas en el mundo. Actualmente sólo produce dos. Esas carencias fueron las que imposibilitaron que en el país pudieran realizarse los estudios para detectar al nuevo virus. Por eso hubo que enviar muestras de los pacientes fallecidos hasta Canadá para determinar de qué se trataba, y hasta que se supieron esos resultados fue que se declaró la emergencia. Es una realidad muy triste para un país en el que muchos de sus ciudadanos en algún momento también creyeron el cuento de que habían entrado al exclusivo club de los llamados países del primer mundo.

De la misma manera la emergencia sanitaria también ha servido para ocultar o desviar la atención de otros importantes acontecimientos en el país. Dos de ellos: la aprobación de una ley que permite a los adictos portar una cantidad mínima de estupefacientes –mariguana, coca, heroína- sin ser sujeto de acción penal. De la misma manera se aprobó una nueva ley sobre la policía federal, que daría atribuciones a ese cuerpo para hacer escuchas telefónicas, interceptar comunicaciones electrónicas (Internet), y realizar operativos encubiertos, vestidos de civil; y en un país con altos índices de delitos, secuestros e impunidad, el asunto no deja de ser problemático. Sin embargo, sobre ambos temas apenas se ha mencionado algo en los medios, si acaso se dijo algo. Y nuevamente surge la sospecha. Al impedir la emergencia sanitaria las concentraciones de gente, es muy poco probable que por lo pronto se den las protestas y marchas tan usuales en esta inmensa urbe. Seguramente pensando en esto, un ingenioso cibernauta ha hecho circular un correo en el que recomienda: “no permitas que un simple cubre-boca te calle”.

En las últimas horas las autoridades anunciaron que la epidemia está en descenso, y todo indica que a mediados de la semana todo volverá a la “normalidad”. Pero, aquí cabe una nueva pregunta, ¿realmente estaremos volviendo a la normalidad? Las dudas, el temor, la desconfianza siguen vigentes, quizás ahora más fuertes. Para ellas tampoco se ha descubierto vacuna, y el contagio se ha expandido fuera de todo control. ¿Será verdad que ya está todo controlado?, ¿habrá representado en realidad un serio peligro el nuevo virus?, ¿se ameritaba esta situación de emergencia?, son otras de las interrogantes que comienzan a surgir. Pese a todo, hoy lunes se han visto más personas en las calles, y de alguna manera puede percibirse en ellas ese sentimiento de inseguridad y temor que estos días se instaló como huésped incómodo en muchos hogares mexicanos. Seguramente será lo último en desvanecerse, incluso mucho después de que el virus A/H1N1 haya dejado de ser una amenaza.

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