
Repugna ver, por otra parte, la comercialización del dolor ajeno que ha propiciado esta catástrofe, igual que otras. Todos los medios y hasta empresas privadas que ahora se llenan la boca mostrando su gran solidaridad con el pueblo haitiano, son los mismos que hace un mes no sabían siquiera dónde se encontraba Haití, ni les preocupaba. Y, por supuesto, no sentían ni un ápice de empatía por la miseria en la que vivía (y seguirá viviendo, al menos a medio plazo) su pueblo. Tampoco se preguntaron nunca por qué Haití estaba como estaba ni quién la había gobernado en las décadas precedentes. Nunca oyeron hablar, ni les importó, de la dictadura hereditaria de Papa Doc y sus "tontons macoutes" que sembraron el terror por doquier y se cebaron especialmente en la gente de bien que quería cambiar Haití para convertirlo en un lugar más justo. Mucho menos se cuestionaron por qué sus gobiernos, incluído el Papa Juan Pablo II, apoyaron a un sátrapa, asesino y corrupto de la peor calaña como él.
Antes Haití no existía en el mapa. Ahora sí, al menos durante unos cuantos días. Mientras dure el morbo de las imágenes escabrosas y los países occidentales puedan ir a demostrar su buen corazón para con el pobre pueblo haitiano, Haití seguirá siendo noticia. Al calor de la noticia, los niños negritos haitianos que sacan de las ruinas generan en los corazones bienintencionados de las familias europeas la necesidad de adoptarlos. Pero cuando estos niños crezcan y, quién sabe, tal vez se les ocurra llegar de manera ilegal al Viejo Continente, serán recibidos con la patada en el trasero de rigor que corresponde a su negro y paupérrimo origen.
Por eso, me niego a encauzar mi solidaridad con el pueblo haitiano a través de las cuentas que los bancos y las empresas han abierto para ello. Por eso, nuestra mejor solidaridad con Haití es denunciar cómo las distintas potencias han jugado con su historia. Y ejercer ese internacionalismo proletario que conecta con las mejores y más auténticas tradiciones de la clases obrera, existente mucho antes de que los poderes fácticos se inventaran un trasunto de caridad cristiana dirigido a calmar nuestras conciencias y a canalizar nuestros buenos sentimientos mientras ellos se lucran con nuestra ayuda.
Dejo unos cuantos artículos que van en este sentido:
Eduardo Galeano: La maldición blanca, en "Rebelión" del 5 de abril de 2004
Guillermo Fernández Ampié: Haití, desastre natural sobre la infamia de la historia, en "La Jornada" del 17 de enero de 2010
2 comentarios:
Empatia total de pensamientos, todas estas cuestiones que haz ido enumerando sobre esta catástrofe humana, rondaron por mi cabeza al leer sobre lo que ocurria pero al no tener capacidad de escritura no las pude plasmar como vos lo hiciste.
tal vez falta señalar(a modo de ejemplo)la contradiccion de las tropas americanas al tirar alimentos desde el aire, cuando habian sido advertidos por la ONU que este proceder generaba violencia, tal vez la violencia que debia justificar su presencia !!
Gracias Leonardo por tu comentario y perdón por no responderte antes. Lo cierto es que el terremoto en Chile sirve de dramática comparación con el de Haití. No he visto en ningún lugar que a los chilenos los hayan tratado como a los haitianos. ¿Será porque los haitianos son negros y su isla ha sido considerada por EEUU como parte de su extensión geográfica natural? ¿Tendrá algo que ver que Chile sea uno de los aliados neoliberales -y ahora con Piñera todavía más- preferidos de EEUU? Qué dobles raseros más evidentes ¿verdad?
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